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La propuesta es dar tres primeros pasos con números, sin
ánimo de incomodar e impacientar, para brindar elementos
objetivos en un contexto donde se empieza a discutir el tema de
las inversiones. Aquí van:
1 Las empresas extranjeras radicadas en el país remitieron
a sus casas matrices 934 millones de dólares en el primer
trimestre de este año. El monto reinvertido de utilidades
más los aportes de capital sumaron 610 millones. El balance
de esa cuenta fue entonces negativo en 324 millones de dólares,
según el más reciente informe sobre Balance de Pagos
preparado por el Indec.
2 En todo el 2005, el giro de ganancias de esas compañías
hacia sus países fue de 2818 millones. Y un año antes
había alcanzado los 1940 millones. Así, en el período
2004-2005 más los primeros tres meses de 2006, las compañías
extranjeras enviaron en total 5692 millones de dólares.
3 En el lapso 1992-2000, las utilidades remitidas alcanzaron los
22.300 millones de dólares. El promedio anual se ubicó
en unos 2500 millones de dólares, media que ya se ha alcanzado
y superado en la actual etapa económica.
Estas cifras son relevantes al momento de debatir la intensidad
y origen de las inversiones. Además revelan que las empresas
extranjeras han ganado y ganan mucho dinero y que han
podido y pueden disponer de esos recursos libremente
en estos últimos años. Con esos números queda
desacreditado ese discurso de los gendarmes de buenos modales que
alertaban sobre que el país le estuvo dando la espalda al
mundo. Vaya uno a saber por qué, pero la mayor o menor inversión
extranjera pasó a ser símbolo de éxito o de
fracaso de un país. Puede ser que cuando la autoestima es
baja y las sucesivas crisis colaboran para ello se requiera
del reconocimiento externo. Se asocia la decisión del capital
extranjero de invertir en el país con la confianza. Pero
no es sólo eso que es un factor secundario; la
determinación de desembolsar dólares más bien
tiene su motivación en la renta esperada dado un contexto
macroeconómico local e internacional y en la estrategia global
de esos capitales. Es lo que revela la evidencia histórica
en diferentes regiones del mundo. Y también en Argentina.
Ningún país se ha desarrollado simplemente abriendo
su economía a compañías del exterior. En las
experiencias exitosas se encuentra una combinación de estrategias
que supieron aprovechar las ventajas del comercio internacional
y la inversión extranjera, pero en el marco de un proyecto
desarrollado por el Gobierno para estimular la inversión
interna y la innovación tecnológica local. Cuando
el ex ministro de Economía Roberto Lavagna se acomoda por
propia decisión en el limbo al cuestionar los 70 y
también los 90, ignorando los 80 y a la vez descalificando
la actual etapa, no colabora en el necesario debate sobre la inversión
y la estrategia de crecimiento. Cuando el presidente Kirchner le
contesta directa o directamente no aporta demasiado a esa cuestión
y sí a demostrar su virtud de manejar los tiempos de la política.
Como en otras áreas, lamentablemente, el péndulo
de las ideas ha fluctuado de un extremo a otro. En la segunda mitad
del siglo pasado se impulsó, con el apoyo ideológico
de la Cepal, el camino de la industrialización vía
sustitución de importaciones. En los 80 se lo criticó
porque esa protección del mercado generaba ineficiencias.
Entonces la opción elegida fue abrirse e integrarse a la
economía mundial, esperando que el comercio y la inversión
extranjera solucionaran los problemas. Sin embargo, por un lado,
la estrategia de sustitución de importaciones produjo resultados
importantes, y por otro, el mercado y la apertura al mundo ya tienen
un lugar ganado. No es el extremo de cerrar la economía ni
abrirla irresponsablemente. En esa instancia y con esos consensos
básicos, resulta imprescindible analizar el papel que juega
la inversión extranjera, teniendo en cuenta que la normalización
financiera luego del default y cuatro años de crecimiento
a tasas chinas ha colocado nuevamente a Argentina en su tradicional
casillero en el tablero global. Casillero, por cierto, marginal,
pero que antes hasta lo había perdido.
Argentina tiene uno de los regímenes más liberales
en el tratamiento del capital extranjero. Cuando se analiza ese
tema resulta importante destacar que una de las principales debilidades
de la economía argentina es el sector externo. En estos años,
gracias a precios de los commodities por las nubes, la cesación
de pagos y la posterior renegociación con extensión
de los plazos de pagos, existe cierto desahogo en ese frente. Pero
las divisas son y seguirán siendo el bien escaso por excelencia
dada la pesada carga de deuda que aún permanece en la mochila
y el elevado grado de transnacionalización. Por lo tanto,
no resulta irrelevante cuál es el grado de apertura comercial
y financiera y el origen de las inversiones. La Inversión
Extranjera Directa (IED) impacta a nivel macro en el proceso de
acumulación de capital, en los modos de financiamiento de
la balanza de pagos y en el crecimiento. Y en el aspecto micro tiene
su influencia en la productividad, eficiencia, ampliación
y diversificación de los flujos comerciales y cambios tecnológicos.
Según las experiencias de otros países, los resultados
de esa participación en la economía no están
predeterminados, sino que dependen de las estrategias empresarias
y, fundamentalmente, de las políticas públicas que
se implementen. En Argentina se ha dado un proceso donde la inversión
extranjera ha desplazado a la local, en línea con la tendencia
en la región. En cambio, en las economías asiáticas
se ha dado un fenómeno de integración y adaptación.
Esto tiene su relevancia aquí por la menor contribución
a la formación bruta de capital, base necesaria para el proceso
de acumulación y desarrollo económico. En un estudio
publicado por la Cepal, realizado por los economistas Matías
Kulfas (actual subsecretario Pyme), Fernando Porta y Adrián
Ramos, Inversión extranjera y empresas transnacionales en
la economía argentina (septiembre 2002), se puntualizan otros
efectos de ese capital en el mercado doméstico durante la
década de los noventa:
- La IED ha evolucionado con cierta independencia en relación
al ciclo macroeconómico.
- El componente nacional de la inversión en maquinarias
y equipos disminuyó sostenidamente. Buena parte de los bienes
de capital ha ingresado libre de arancel y se ha facilitado con
el régimen de importación llave en mano
la incorporación indiscriminada de equipamiento importado,
aún cuando existiera producción nacional en términos
competitivos.
- Los crecientes déficit en la cuenta de servicios financieros
y la fuga de capitales privados se financiaron a través del
saldo comercial y el endeudamiento.
- Entre 1992 y 1999, la inversión extranjera directa representó
el 80 por ciento del déficit acumulado en la cuenta corriente
y el 60 por ciento de los ingresos netos de la cuenta capital y
financiera.
- El déficit comercial de las empresas transnacionales líderes
alcanzó casi a duplicar el déficit comercial total.
En la década pasada, la Argentina se convirtió en
una de las economías más transnacionalizadas del mundo.
La vulnerabilidad externa, la falta de competitividad, el
achicamiento del mercado interno y el debilitamiento de la trama
productiva son hechos evidentes e incontrastables, destacan,
como balance de esa estrategia, Kulfas, Porta y Ramos. Y concluyen
que reconociendo que su aporte principal y más difundido
ha sido el mejoramiento de la calidad de productos y servicios en
el mercado interno, en cambio ha resultado escasa su contribución
al proceso de formación de capital y pobre y heterogéneo
su aporte a la generación de encadenamientos productivos
y capacidades tecnológicas. Los autores de ese documento,
finalmente, advierten que la participación de las empresas
extranjeras no ha implicado una ganancia estructural de competitividad
para toda la economía y sí a nivel de las firmas,
por lo tanto su evolución implica un costo creciente
en términos de pagos externos, presionando sobre uno de los
principales factores de fragilidad de la economía argentina.
El muy favorable contexto internacional, con precios altos de los
commodities en especial, los de la soja y el petróleo,
amortigua esa debilidad, al mantener una balanza comercial superavitaria
y, por lo tanto, excedentes en divisas. Más allá de
que ese escenario pueda extenderse más o menos tiempo según
el recorrido de la tasa de interés de Estados Unidos y de
la demanda creciente de materias primas de China, con la actual
estructura productiva transnacionalizada y el todavía elevado
endeudamiento público y privado en dólares, la restricción
externa seguirá presente y amenazante en el horizonte.
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