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El tema es de muy fácil comprensión, con solo evaluar
detenidamente un conjunto de datos claves, cuyas proyecciones a
corto, mediano y largo plazo muestran un panorama signado por la
escasez de combustibles y de energía eléctrica, con
sus lógicas secuelas de problemas en el transporte utomotor,
cortes de energía, falta de potencia firme para las industrias,
etc.
En el Sector Eléctrico ya estamos escasos de Potencia Instalada,
o sea que el tema no se soluciona inyectando más gas natural
o más petróleo: ¡faltan máquinas generadoras!
Carencias como las descriptas resultan inconcebibles en el contexto
de una nación organizada, con adecuada planificación
a mediano y largo plazo; y con Políticas de Estado que se
continúan ejecutando sin discontinuidades y sin cambios drásticos,
más allá de los naturales recambios políticos.
Sin necesidad de fijarnos en los ejemplos del denominado Primer
Mundo -en los que esas premisas básicas de gobierno se cumplen
con pocas excepciones-, lo mismo ocurre en países con clara
vocación de grandeza, como es el caso de nuestro vecino Brasil;
donde, no obstante el profundo cambio político que significó
el traspaso del poder entre Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inacio
"Lula" Da Silva, los grandes lineamientos de acción
se han conservado, los que están convirtiendo a ese país
en una potencia mundial emergente y con sólida base de sustentación.
En Argentina hemos pasado por políticas pendulares, en general
enfocadas al cortoplacismo, o a satisfacer las apetencias y desmedidas
voracidades de determinados grupos de poder económico dominantes,
o con claras preeminencias en sectores claves de decisión
(como ocurrió a partir de la imposición del modelo
socio económico neoliberal, desde 1976).
Ejemplo de la pendularidad ha sido -después de décadas
de políticas estatistas (con diversos enfoques), que por
cierto hasta 1976 dieron mucho mejores y más sólidos
resultados socioeconómicos que los posteriores- seguido ello
por el salto al vacío de la política energética
ultra privatista y con fuerte preponderancia termoeléctrica
-en claro detrimento del sector hidroeléctrico y del Plan
Nuclear Nacional- implementado a partir de la dupla Menem - Dromi,
y claramente acentuada a partir del accionar de la dupla Cavallo
- Bastos; en un largo interregno que abarcó desde 1989 hasta
la ya mencionada crisis del 2001; pero que ya había sido
"convenientemente preparado" desde la gestión de
Martínez de Hoz y sucesores, comenzada en 1976.Si bien esa
política con fuerte acento en la generación eléctrica
basada en el gas natural, incrementó sustancialmente el parque
total de generación eléctrica y en algún momento
puntual logró reducir los costos operativos de generación,
al incorporar equipos termoeléctricos de última generación,
dejando como "reserva fría" al muy obsoleto 40
% del parque de generación térmica existente a fines
de los '90; tuvo varias consecuencias sumamente negativas, las cuales
estamos padeciendo a partir de la implementación de dichas
políticas, las cuales en sus aspectos esenciales aún
no se han modificado.
Entre la sumatoria de efectos negativos del "neoliberalismo
salvaje", deben computarse:
Las privatizaciones (eufemismo que en realidad significó
las extranjerizaciones de todo el conjunto de las otrora importantes
Empresas Del Estado), con la total pérdida del manejo por
parte del Estado Argentino de sectores con alta importancia estratégica
(como lo es todo el Sector Energético).
La absoluta falta de control real sobre las exportaciones de hidrocarburos,
tanto de las divisas que genera la actividad (que incluso en su
mayor parte ni siquiera ingresan a nuestro país) así
como de los volúmenes reales de petróleo y gas enviados
al exterior.
Una abusiva política de "ordeñe" desmesurado
de las reservas de petróleo y gas trabajosamente conseguidas
por la YPF estatal, en base a costosas operaciones de exploración,
financiadas en su momento con fondos del Estado Argentino (de Nuestro
Estado), sin inversiones en exploración.
El desguace absurdo e irracional de entes de gran importancia técnica
y estratégica, como entre otros fue en el Sector Energético,
Agua y Energía Eléctrica; y el achicamiento casi total
de la Secretaría de Energía, hoy carente casi por
completo de la "masa crítica" mínima imprescindible
de profesionales calificados, por lo que en los hechos es un ente
anodino, incapaz de desarrollar eficazmente sus importantes funciones
de planificación y de contralor de todo el Sector.
El abrupto cese de las tareas de aforamientos (mediciones) de caudales
de ríos en todo el país, cortándose series
de datos diarios comenzados en la segunda mitad de la década
del '40.
La falta total de tareas de planificación, elevándose
a la categoría de "dogma sacrosanto" la falsedad
neoliberal que supone que "la mano del mercado todo lo soluciona.
El brutal "parate" del Plan Hidroeléctrico Nacional
y del Plan Atómico Nacional, con el agravante del despilfarro
de valiosos estudios técnicos de numerosos proyectos hidroeléctricos
La creciente dependencia de la matriz energética argentina
respecto a los hidrocarburos, dilatándose o anulándose
-según el caso- las políticas alternativas de producción
de energía a partir de fuentes renovables (como la hidroeléctrica
y los biocombustibles) o de gran confiabilidad técnica (como
la nuclear).
En ese contexto, las fuertes inversiones privadas (mayoritariamente
extranjeras) en ciclos combinados y turbinas de gas alimentados
con gas natural, fueron impulsados por una maraña normativa,
la cual en los hechos priorizó la generación térmica
convencional, sobre las otras alternativas existentes.
Mirado con un criterio cortoplacista, los analistas superficiales
de siempre -expertos en sembrar verdades a medias, inexactitudes
y falsedades; afirmaron exultantes que Argentina alcanzó
el status de fuerte exportador de electricidad, basando esas ligeras
afirmaciones en el superávit de potencia instalada que existía
entre mediados y fines de los años '90. pero por supuesto,
para llegar a esas erróneas conclusiones, se omitió
analizar con el detenimiento necesario, las proyecciones de las
curvas del consumo eléctrico nacional, y de las reservas
de petróleo y gas; así como considerar alguna política
efectiva que ampliara la cobertura territorial y poblacional de
la red de gasoductos y de la red de transmisión de electricidad.
El desbarranque del modelo neoliberal trajo entre otras consecuencias
un freno total de las inversiones en nuevas usinas eléctricas
y una carencia de inversiones en gasoductos destinados al mercado
argentino.En ese contexto general, por supuesto se omitió
tan siquiera evaluar que las necesidades energéticas argentinas
crecen en forma acentuada y exponencial, aún en épocas
de severo retroceso socio económico, como los años
que desembocaron en el desorden general del año 2001. En
energía eléctrica, la demanda aproximadamente se duplica
cada diez años.Hace casi seis años que prácticamente
no se instala ninguna usina eléctrica nueva en el país,
mientras la demanda sigue creciendo, aumentada por la notable reactivación
económica que ya cumplió cuatro años ininterrumpidos
con altas tasas anuales.
Hoy el sistema eléctrico argentino está operando
casi al límite de su capacidad real instalada, mientras que
las decisiones de comenzar las instalaciones de nuevas usinas siguen
demorándose a un ritmo prácticamente exasperante,
no obstante que la dirección enunciada de las inversiones
programadas parece en líneas generales muy correcta.
En el Subsector Eléctrico, las previsiones oficiales de
incorporar 1.000 MW por año son muy ajustadas, y tampoco
consideran el incremento exponencial del consumo; ¡Pero no
se están haciendo! En verano del 2006 o a lo sumo en el 2007,
es previsible que la demanda supero la capacidad real instalada,
lo cual se agravará si se tratara de un año de baja
hidraulicidad, o si sucedieran roturas imprevistas en algún
equipo generador de gran potencia.
El caso es que ya no existe posibilidad material para instalar
nuevas usinas a tiempo, considerando que una termoeléctrica
demanda entre dos a tres años, Atucha 2 tardará cuatro
años en ser terminada, y cualquiera de las grandes hidroeléctricas
demandará una década de estudios finales, del proceso
licitatorio y de trabajo efectivo, como mínimo.
Pero también ya deben preverse las obras para cubrir las
nuevas demandas a una y dos décadas vista, por lo menos.
En caso contrario, caeremos en un irreversible proceso económico
recesivo, con la consecuente agitación social, que nadie
desea.
Es un cuadro de situación muy delicado, del cual ya había
anticipado su desencadenamiento en anteriores trabajos de investigación,
hace más de un quinquenio, y en particular -con toda crudeza-
en un extenso informe del año 2003, que entre otros medios,
fue difundido en el Boletín Nº 12 de la Comisión
Nacional de Energía Atómica.
Cada día que transcurre sin adoptar las decisiones imprescindibles,
se agrava la pesada carga de la herencia negativa del cuarto de
siglo neoliberal. Es hora de patriotismo, creatividad y acción.
¡Argentinos, a las cosas!
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