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Las irregularidades que investiga la Justicia apuntan a una supuesta
fabricación de una operación de refinanciación
de deuda con el único fin de cobrar jugosas comisiones. Piden
indagar a De la Rúa y Mulford
Pasaron cinco años desde aquel anochecer de domingo en el
que un exultante Domingo Cavallo anunciaba el resultado del megacanje
en la Quinta de Olivos. A su lado, en un segundo plano, Fernando
de la Rúa también parecía satisfecho. Ambos
presentaron la operación financiera como un verdadero alivio
a la crisis terminal que vivía la economía. Desde
entonces pasaron muchas cosas en la Argentina. Pero ayer un fiscal
federal volvió sobre el megacanje. Al advertir supuestas
irregularidades, reclamó el procesamiento de Cavallo y de
algunos de sus ex colaboradores. Y la indagatoria de De la Rúa
y del banquero estadounidense David Mulford, del Credit Suisse,
amigo del ex ministro. También puso bajo la lupa a los bancos
que participaron de la multimillonaria operación y que cobraron
jugosas comisiones.
En su pedido, el fiscal Federico Delgado fue durísimo con
los ex funcionarios de la Alianza. Consideró que el megacanje
fue una misce en scene para concretar negocios. Esa
puesta en escena tuvo como protagonistas a los funcionarios
y a la contratación de un grupo de bancos para
concretar un desplazamiento patrimonial a favor de un tercero
de bienes de la administración pública. Delgado habla
directamente de ardid o engaño, al que alude
el Código Penal cuando define la estafa, en este caso contra
el Estado.
En su momento, un peritaje solicitado por la fiscalía determinó
que el megacanje le provocó a la Argentina un perjuicio de
55.591 millones de dólares, por el aumento de capital e intereses
que significó el estiramiento de los vencimientos de la deuda.
La tasa de interés promedio de los bonos surgidos en la operación
había sido del 15 por ciento en dólares. Los bancos
cobraron comisiones por uno 150 millones de dólares. En este
sentido, una de las objeciones es que las entidades financieras
participantes cobraron por cambiar papeles que ya tenían
en su cartera de inversión. Es decir, no tuvieron que hacer
ningún trabajo para cobrar la comisión. La lista incluye
a los bancos Galicia, Rio-Santander, BBVA Francés, Credit
Suisse First Boston Corporation, HSBC Bank Argentina, JP Morgan
Securities y Salomon Smith Barney. Si el juez da lugar al pedido,
los presidentes de estas entidades financieras tendrán que
pasar por los tribunales de Retiro.
La causa por el megacanje viene de lejos. La última escala
tuvo lugar en mayo de 2004. En aquel momento, la Sala II de la Cámara
Federal reseteó la investigación y le ordenó
al juez Jorge Ballestero profundizar las averiguaciones. La conclusión
de los camaristas había sido que si bien Cavallo y compañía
gozaban de la falta de mérito, persistían las dudas
sobre la actuación de los ex funcionarios y valía
la pena profundizar las investigaciones.
Junto a Cavallo, el pedido de procesamiento del fiscal recayó
sobre Daniel Marx y Julio Dreizzen, ambos responsables del área
de Finanzas de la cartera económica durante el gobierno de
la Alianza, y contra Jorge Baldrich, ex secretario de Hacienda.
También se reclamó al juez Ballestero para que convoque
a indagatoria a De la Rúa y a Mulford, el banquero americano
amigo de Cavallo, y que había recomendado al ex ministro
la puesta en marcha del megacanje de la deuda.
Cavallo y Marx prestaron declaración en la causa del megacanje
en el año 2002 y coincidieron en defender sus actuaciones.
Cuando el ex ministro se enfrentó al juez Ballestero todavía
estaba preso en Campo de Mayo por la causa de las armas. Uno de
los ejes de las declaraciones de los ex funcionario fue que el megacanje
había permitido eludir el default, algo que fue imposible
de evitar unos pocos meses más tarde cuando la crisis económica
explotó.
Tras las declaraciones de Cavallo y de Marx, el juez Ballestero
concluyó que no había mérito suficiente para
procesarlos. Esa decisión fue apelada por el fiscal y, más
tarde, la justicia de segunda instancia pidió ampliar las
investigaciones. En su momento, la fiscalía investigó
una denuncia que atribuye a Cavallo el cobro de sobornos por 15
millones de dólares. La causa del megacanje vuelve a los
primeros planos para que los responsables de aquella arquitectura
financiera expliquen los costos que se pagaron por una operación
que, lejos de aliviar la situación económica, la hizo
más agobiante y perjudicial.
La historia del último gran negocio
El presidente Fernando de la Rúa ya había probado
con el Blindaje hacia fines de 2000, propuesto por José
Luis Machinea. Pero se derritió rápido, dejando a
la Argentina con una deuda de 12 mil millones de dólares
con el Fondo Monetario y otro tanto con organismos multilaterales
y países como España. En el verano de 2001, la corrida
bancaria empezó a sentirse; pero por sobre todo el riesgo
país la tasa adicional que pagaba el gobierno por refinanciar
los títulos de la deuda pública comenzó
a empinarse sin freno. Machinea fue eyectado del gobierno, pasó
el efímero López Murphy y en marzo de 2001 regresó
Domingo Cavallo, visto por algunos radicales desesperados y por
el propio Carlos Chacho Alvarez, ya fuera del gobierno,
como el único que podía salvar la convertibilidad.
A poco de asumir, cuentan que Cavallo recibió la idea de
su amigo David Mulford, entonces vicepresidente del Crédit
Suisse First Boston, uno de los bancos que mayores negocios hizo
con la emisión de papeles de deuda argentina en el mundo
durante la década del noventa. Todas las semanas, el gobierno
tenía que salir a pedir prestado al mercado,
emitiendo nuevos títulos públicos para cancelar el
vencimiento de los viejos. Era la única manera de no caer
en default, ya que con la recesión las cuentas fiscales se
deterioraban día a día y había que patear para
adelante vencimientos no sólo de capital, sino también
de intereses de la deuda.
El esquema lucía atractivo: refinanciar de una sola vez
la mayor parte de la monumental deuda argentina que vencía
a corto plazo, a mediano plazo y largo plazo, pero de manera voluntaria;
es decir, sin que los acreedores percibieran ese canje de deuda
como algo compulsivo. Pero la lógica más elemental
anticipaba que, si no se decreta la cesación de pagos, la
única forma de tentar a los acreedores para que se desprendieran
de sus títulos de corto plazo por otros de más largo
plazo era ofrecer un rendimiento más atractivo por los nuevos
bonos.
Y así fue: los 46 títulos que generaban obligaciones
al Estado argentino por 115.348 millones de dólares fueron
reemplazados por 5 bonos que significaban pagos, intereses incluidos,
por casi 171.000 millones de dólares, con lo cual la deuda
total se agrandó de un día para el otro en unos 55
millones de dólares. Quienes desde un principio cuestionaron
la operación y la denunciaron en los estrados judiciales
no sólo hicieron hincapié en el aumento exponencial
de la deuda, que después de todo podía responder a
una decisión equivocada (más) de la política
económica de Cavallo. También objetaron los pagos
de comisiones por más de 150 millones de dólares a
los bancos que actuaron de intermediarios en el megacanje
y que recibieron su recompensa de manera discrecional, sin criterios
objetivos de asignación. Por su puesto, el CS First Boston
lideró el ranking de dichas comisiones.
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