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La Argentina, un país que previo a las reformas estructurales
y al proceso de privatización neoliberal de la década
del 90, contaba con reservas certificadas de petróleo y gas
natural por 14 y 34 años respectivamente, hoy cuenta con
un horizonte de vida de apenas 8 años para ambos energéticos.
Pero la ausencia planificadora del Estado tuvo otras muy graves
consecuencias: el 90% de las necesidades energéticas se satisfacen
con petróleo y gas natural, esto es, una altísima
dependencia hidrocarburífera. Asimismo, y en relación
a las fuentes de generación de energía eléctrica,
CAMESSA (2006) asigna a la térmica un 54,6%, un 41,2% a la
hidráulica y sólo un 4,2% a la nuclear. Es importante
apuntar que las centrales termoeléctricas se abastecen en
un 95% por gas natural y que desde 1992 a la fecha no sólo
no se construyeron nuevas usinas generadoras (de ninguna especie),
sino que además se acentuó la dependencia en materia
de generación termoeléctrica y su principal insumo,
el gas natural.
En medio de este desértico panorama, por fin se divisa una
salida. La reactivación del Plan Nuclear Argentino abandonado
en tiempos de Raúl Alfonsín, cuando su secretario
de Energía era el Ing. Jorge Lapeña, y prácticamente
desmantelado durante el menemismo, marca la defunción
de la política neoliberal en el área nuclear.
Ahora bien, ¿cuál es la importancia estratégica
del reciente anuncio? En primer lugar, al basarse en el decreto
Nº 10.936 de 1950 dictado por el Presidente Juan Domingo Perón,
retoma su espíritu, innovación y designios primigenios.
En segundo lugar, permite dar paso a la urgente
diversificación de la matriz energética. En este sentido
y de acuerdo a la Comisión Nacional de Energía Atómica
(CNEA) y al IDICSO-USAL, se estima que la Argentina deberá
incorporar unos 42.000 MW adicionales a los 24.080 existentes a
finales de 2005, durante los próximos 18 años.
Entre los anuncios del Plan Energético Nacional 2004-2008
del gobierno, se destacan la incorporación al Sistema Argentino
de Interconexión de unos 3.692 MW adicionales (la terminación
de Yacyretá, Atucha II y de dos usinas de ciclo combinado).
Considerando el escaso horizonte de reservas, la escalada de los
precios y la continuidad de una política nacional en materia
de hidrocarburos que no generó más que perjuicios
a la Seguridad Jurídica del pueblo argentino, advertimos
la necesidad ineludible de comenzar hoy mismo la
construcción en serie de nuevas centrales de potencia, pero
que paralelamente disminuya drásticamente la dependencia
hidrocarburífera. Ahora bien ¿qué tipo de usinas
elegir? La construcción de una hidroeléctrica demora
entre 10 a 12 años; la termoeléctrica entre 3 y 4
años, pero son las más contaminantes y amplifican
la dependencia gasífera y petrolera. Las nucleoeléctricas,
en cambio, son las menos costosas, con plazos razonables para su
construcción y no emiten dióxido de carbono. La reactivación
del sector nuclear constituye el primer gran paso en el logro de
estos objetivos.
No obstante la urgencia mencionada, ¿deberá el Plan
restringirse a la diversificación de la matriz energética?
Responder afirmativamente sería dilapidar los cuantiosos
beneficios que acompañan al desarrollo de la tecnología
nuclear y su efecto multiplicador sobre la industria y las
distintas áreas de la ciencia y la tecnología global.
Retomar fehacientemente los lineamientos originarios del Plan y
movilizar con fuerza de Política de Estado la totalidad del
Sector Nuclear Argentino será decisivo para el país.
Entre las asignaturas pendientes algunas reactivadas por el
gobierno se destacan: reimpulsar la ingeniería y operación
de reactores nucleares de baja y alta potencia (CNEA, NASA SA e
INVAP Sociedad del Estado); importar reactores de potencia con transferencia
de tecnología (CNEA); el diseño y fabricación
de combustibles nucleares (CONUAR SA, FAE SA y DIOXITEK SA); la
minería
del uranio, el control y regulación de su explotación
con prohibición de su exportación (CNEA y ARN); el
desarrollo de uranio natural y enriquecido, fabricación de
insumos diversos y agua pesada (Centro Tecnológico Pilcaniyeu
y ENSI Sociedad del Estado); manejo del combustible irradiado, seguridad
radiológica y nuclear, remediación y protección
integral del ambiente (ARN y Planta piloto para el reprocesamiento
de combustible nuclear); formación de recursos humanos especializados
para la investigación científica pertinente, básica
y aplicada (Instituto Balseiro, instituto Sábato, Centro
de Estudios Nucleares, Hospital Nacional Roffo y Universidades Nacionales).
En suma, el Plan Nuclear deberá eliminar la atrofia tecnológica,
científica e industrial del país, contribuyendo al
desarrollo socioeconómico nacional y a la exportación
de manufacturas de
elevadísimo valor agregado. Sus máximos desafíos
son, por un lado, reemplazar y superar el papel motor que en igual
sentido tuvieron Gas del Estado e YPF Sociedad del Estado durante
la mayor parte del siglo XX. Por el otro, servir como pilar estratégico
en el proceso de integración energética sudamericana,
aunando esfuerzos con el sector nuclear brasilero. La tecnología
nuclear debe ser a la Argentina como los hidrocarburos son para
Venezuela y el futuro energético regional.
Aprovechando la advertencia del genial escritor y político
argentino Manuel Ugarte: La Argentina será industrial
o no cumplirá sus destinos, se abre en el umbral del
nuevo siglo un dilema: la Argentina será nuclear o
no cumplirá sus destinos.
* Bioquímico y biotecnólogo. Analista energético.
Autor del libro "Petróleo, Estado y Soberanía".
Conductor televisivo de "Conciencia y Energía"
(Metro)
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