|
A fortiori, es improbable que las petroleras anglosajonas, que
controlan a sus respectivos regímenes irredentistas, sean
sacadas del juego gasero global sin inmutarse. Por lo menos, venderán
muy cara su evicción euroasiática
El presidente ruso, Vladimir Putin, durante una reunión
con diplomáticos, ayer en Moscú Foto Reuters
En vísperas de la cumbre del G-8 en San Petersburgo, que
tiene como prioridad temática la solución (sic) de
la crisis energética mundial, Igor Tomberg devela que "Rusia
e Irán, los dos más importantes productores de gas
del mundo, concluyeron un acuerdo estratégico que defiende
sus intereses comunes, así como los de Pakistán, India,
y probablemente también los de Turkmenistán y China"
(Red Voltaire, 23/06/06).
Igor Tomberg pertenece al solvente Centro de Estudios Energéticos
de la Academia de Ciencias de la Federación Rusa, quien hace
hincapié en que "por ahora, el futuro económico
de una buena parte de Asia parece estar asegurado, cuando el de
Estados Unidos, y en menor medida el de Europa occidental, se encuentra
amenazado (sic)".
Según Igor Tomberg, el acuerdo binario entre Rusia e Irán
se concretó al margen de la cumbre del Pacto de Shanghai
(ver Bajo la Lupa, 18 y 25/06/06), mejor conocida como la hexapartita
Organización de Cooperación de Shanghai (OCS-6), que
subsume un "Yalta gasero en Eurasia", lo cual significa
el "reparto entre los dos principales productores mundiales
de gas natural: Rusia abastecerá a Europa, mientras Irán
venderá su gas a India y Pakistán".
Tangencialmente a la cumbre del Pacto de Shanghai, que tomó
un vuelo inusitado, el zar ruso Vladimir Putin anunció que
Gazprom, la segunda trasnacional mundial detrás de la petrolera
estadunidense Exxon-Mobil, se haría cargo de la construcción
del gasoducto Irán-Pakistán-India desde el punto de
vista financiero y técnico, lo cual representa una bofetada
en pleno rostro al obstruccionismo del belicoso régimen bushiano,
que buscaba su torpedeo mediante fuertes presiones y chantajes a
India y Pakistán, como si estos países deseasen su
propia perdición masoquista.
La jugada magistral de la teocracia chiíta iraní,
que posee la segunda reserva de gas mundial detrás de Rusia,
saca de quicio a Estados Unidos mediante un gasoducto que había
planeado hace 10 años para conectarse con Pakistán
e India a lo largo de 2 mil 775 kilómetros (casi la transfrontera
entre Estados Unidos y México), a un costo de 7 mil millones
de dólares y que será concluido en los próximos
cuatro años. Los indigentes energéticos India y Pakistán
recibirán primero 35 mil millones de metros cúbicos
de gas; esta cifra se duplicará cinco años más
tarde. El proyecto en su totalidad estará bajo la custodia
de Gazprom, que ha comenzado a expandirse a escala planetaria como
el principal brazo armado energético de Rusia.
Con el reparto geopolítico del gas en Eurasia entre Rusia
e Irán, podrían salir beneficiados tanto India como
Pakistán, pero también China cuando el gasoducto estratégico
Irán-Pakistán-India sea prolongado a la provincia
china de Yunnan, a juicio de Igor Tomberg, quien aduce que los "riesgos
políticos del proyecto han disminuido sensiblemente (sic)".
Sin duda, constituye una hazaña épica digna del Maharabatha
hindú que un gasoducto ruso-iraní reconcilie los intereses
futuros de India y Pakistán, pero quizá Igor Tomberg
peca de candidez extrema cuando desestima la capacidad de daño
letal de la pérfida dupla anglosajona Bush-Blair, que puede
descarrilar el proyecto en cualquier momento.
A nuestro entender, la falla del análisis trascendental
de Igor Tomberg radica en que borda la expansión de las redes
de Gazprom sin tomar en cuenta el muy previsible obstruccionismo
anglosajón: "la unificación de las redes de transporte
de gas ruso e iraní permitirá que Gazprom participe
en la administración de la casi totalidad el sistema de gasoductos
asiáticos", que integraría el "existente
gasoducto entre Turkmenistán e Irán". Su optimismo
es desbordante: "seguirá Asia central, lo cual resultará
en un mercado del gas que reunirá a Turkmenistán,
Irán, Pakistán, India y China". ¡Nada más!
Por conveniencia coyuntural, los estrategas rusos desestiman la
creación de una "OPEP del gas" (que sumaría
a Libia y Argelia) para no provocar oleajes en vísperas de
la cumbre del G-8 en San Petersburgo. Pero llama la atención
que el tema se encuentre en el aire: "¿Se perfila una
nueva OPEP?" (Stephen Boykewich, The Moscow Times, 22/06/06),
y que merece ser elucidado en el futuro.
Aspecto de los trabajos de tendido del gasoducto al Báltico,
cerca de Boksitogorsk, unos 300 kilómetros al oriente de
San Petersburgo; la construcción de este ramal se inició
en diciembre pasado Foto Ap
Dicho sea con humildad de rigor, desde septiembre de 2002 ya habíamos
explorado tal perspectiva, "¿Una OPEP del gas?",
en nuestro libro Los 11 frentes antes y después del 11 de
septiembre: una guerra multidimensional (Editorial Cadmo & Europa,
2003): "Es evidente que existe un traslado (shifting) paulatino
de la utilización de petróleo al gas, más barato
y menos contaminante que el anterior, al que muy bien podría
sustituir en la próxima década. Este evento, inocuo
en apariencia, está afectando toda la geopolítica
energética desde el golfo Pérsico, pasando por el
mar Caspio, hasta Siberia (...) Las relaciones de Rusia e Irán,
respectivamente primera y segunda potencias gaseras globales, provocan
cefaleas a cualquier analista superficial".
En ese momento no se detectaban los alcances de la alianza gasera
ruso-iraní que dejó crecer la dupla anglosajona Bush-Blair
debido a sus catastróficos errores en Irak, y que tampoco
los europeos continentales supieron evitar. Hay que reconocer que,
después del irredentismo anglosajón en los Balcanes
en 1998, aquel "triángulo geoestratégico"
(entre Rusia, China e India), que había vislumbrado el dirigente
ruso Evgeny Primakov, ha funcionado más de lo previsto en
términos gaseros y ahora ha incorporado a su seno a Irán.
Igor Tomberg sopesa correctamente que Rusia saca ventaja de que
un "competidor potencial" en el ámbito gasero como
Irán "dirija sus recursos hacia el este, lo cual disminuye
sensiblemente (sic) la oportunidad para que los europeos diversifiquen
sus fuentes de abastecimiento", y festeja que Rusia implemente
"su propia estrategia de diversificación de crear mercados.
Un golpe magistral geopolítico en vísperas de la cumbre
del G-8 de San Petersburgo".
En esta línea de pensamiento, ¿por qué Irán
no habría de diversificar a su vez la venta gasera a Europa,
y hasta a Estados Unidos? Una cosa es la ostpolitik (política
hacia el este) de Irán, y otra su westpolitik (política
hacia el oeste), que aún no ejercita, así como Rusia
vende profusamente su gas a Europa y hasta a la dupla anglosajona
de Estados Unidos y Gran Bretaña. Falta ver cómo se
acomodarán los intereses energéticos europeos y estadunidenses
con la teocracia iraní.
Lo que sí es relevante es que Irán "no desea
competir con Rusia" en el ámbito gasero, sino más
bien "coordinar sus actividades en el mercado mundial, que
incluyen la política de precios y transporte. La alianza
gasera ruso-iraní podría llegar a controlar 43 por
ciento de las reservas mundiales probadas y definir (sic) en el
largo plazo los principales parámetros de desarrollo del
mercado euroasiático y mundial", según Igor Tomberg.
A fortiori, es improbable que las petroleras anglosajonas, que
controlan a sus respectivos regímenes irredentistas, sean
sacadas del juego gasero global sin inmutarse. Por lo menos, venderán
muy cara su evicción euroasiática, lo cual, en un
descuido, puede llevar a una tercera guerra mundial en el perímetro
del triángulo geoestratégico del mar Negro, mar Caspio
y golfo Pérsico. Es más complicado de lo que destila
el cándido optimismo de Igor Tomberg.
|