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El vicepresidente de Bolivia reconoce a Página/12 que su
gobierno salió victorioso recibió más
votos que para las presidenciales, pero debe tomar en cuenta
que en estos comicios se pidió una mayor descentralización
político-administrativa.
Desde joven, su vida fue marcada por las movilizaciones indígenas
y su obsesión fue articular marxismo e indianismo. Eso lo
llevó a liderar, junto a Felipe Quispe, una guerrilla aymara
en los primeros años 90, conocida como Ejército
Guerrillero Túpac Katari (EGTK), que le costó casi
cinco años de cárcel. Al calor de las sucesivas crisis,
García Linera se transformó en uno de los analistas
políticos con más llegada a los medios y uno de los
más entusiastas impulsores de la Asamblea Constituyente.
La vida lo llevó por caminos no previstos y le tocó
a él elaborar la ley de convocatoria a esa asamblea desde
la presidencia del Congreso. En esta entrevista con Página/12,
el vicepresidente boliviano a cargo de la presidencia por
el viaje a Caracas de Evo Morales reflexiona, con las herramientas
del sociólogo, sobre el proceso de cambio que vive el país
andino y se define, con una sonrisa, como jacobino-leninista.
¿Cuál es su balance de las elecciones del domingo?
Tengo una lectura muy optimista. En primer lugar, nos arriesgamos
a plebiscitar nuestra gestión de cinco meses. Asumimos estas
elecciones como un plebiscito sobre las medidas de gobierno y el
resultado es más que halagador. No hay cifras exactas, pero
es claro que pasamos el 53,7 por ciento del 18 de diciembre y hemos
consagrado una mayoría absoluta en la Asamblea Constituyente
(por encima del 60 por ciento).
Aunque el MAS no llegó a los dos tercios necesarios
para aprobar la nueva Constitución.
Se nos ha dicho que no llegamos a dos tercios pero, de acuerdo
con la ley de convocatoria, deliberadamente era imposible que alguien
obtuviera los dos tercios. Además hemos logrado ampliar nuestra
presencia en Santa Cruz y Tarija y en el departamento de Pando (en
la amazonia boliviana) estamos a dos o tres puntos del primero.
Hay una impresionante presencia del MAS en todo el país,
es la primera vez que la izquierda gana en Santa Cruz.
¿Y el referéndum por la autonomía?
Claramente, junto con todo esto que he descripto, hay un
fuerte espíritu regional autonomista que como gobierno debemos
reconocer y procesar como una de las fracturas sociales que deben
ser suturadas en la Asamblea Constituyente. Debemos recoger este
mensaje que pide una mayor descentralización político-administrativa.
La gente ha dado un doble mensaje: quiere autonomías pero
conducidas por el bloque del cambio y no por los grupos conservadores.
¿Está en la agenda del oficialismo introducir
en la nueva Constitución la reelección del presidente?
Como partido y gobierno no, pero hay movimientos sociales
que la impulsan y veremos cómo es procesada en la Asamblea
Constituyente.
¿Hasta dónde es posible cambiar al Estado y
no ser cambiado por él?
El Estado como relación social es más flexible
y fácil de cambiar que el Estado como institucionalidad,
como materia heredada que sigue reproduciendo mecanismos de marginación.
Aquí está la gran tensión en este proceso de
ocupación del Estado por los movimientos sociales. ¿Cómo
transformar esta institucionalidad rígida en favor de los
movimientos sociales y de la sociedad civil? Ese es el desafío
de la próxima Asamblea Constituyente.
Cuando se habla de un gobierno de los movimientos sociales,
la imagen que viene a la mente es la de un gobierno asambleísta,
y eso no ocurre en Bolivia, donde las decisiones se concentran en
el presidente Evo Morales...
Claro, parece una contradicción. Hablamos de gobierno
de los movimientos sociales porque el programa construido y levantado
por esas organizacionesen estos últimos seis años,
y también en anteriores luchas anticoloniales y antineoliberales,
se agolpa hoy en un conjunto de reformas que se está ejecutando.
Segundo, la estructura organizativa del Movimiento al Socialismo
(MAS) es una coalición de movimientos sociales que definen
las políticas generales de este gobierno. Y tercero, las
grandes decisiones que se tomaron nacionalización de
los hidrocarburos, Asamblea Constituyente y revolución agraria
han resultado de procesos deliberativos y de consulta con los movimientos
sociales. No hay un asambleísmo permanente, sino una combinación
de asambleísmo y concentración de decisiones. Otro
nivel de esta presencia de los movimientos sociales se verifica
en la forma de reclutamiento del personal del Estado, que obligatoriamente
pasa por el filtro de los movimientos.
Sin embargo, los movimientos sociales no están presentes
homogéneamente en todo el país.
Donde los movimientos sociales son más débiles
por ejemplo, en el oriente boliviano, el Estado se presenta
como forma de amortiguar el monopolio clientelar privado-empresarial
de chantaje e intimidación que limita la acción colectiva
popular; es decir, el Estado libera las condiciones del ejercicio
de derechos y el potencial de movilización.
Suena muy leninista.
Por su puesto, en el fondo somos jacobinos leninistas (risas).
La Asamblea Constituyente pasó de la idea de poder
constituyente del pueblo (en una versión más cercana
al filósofo italiano Antonio Negri) a la de constitucionalizar
o blindar decisiones que se tomaron por decreto (más parecida
a la posición de Hugo Chávez), ¿hay un cambio
en la forma de pensar la Constituyente?
Cuando no estábamos en el poder la veíamos
como el escenario de construcción de un contrapoder frente
a un Estado blindado a las demandas sociales. Pero cuando el movimiento
popular logró romper el blindaje estatal, se coló
por sus huecos, derrumbó sus murallas y ocupó el poder
estatal, una buena parte de las demandas comienzan a ser ejecutadas
por el nuevo gobierno. Por eso parecería que la Constituyente
no tiene hoy el mismo impulso de antaño y algunos dicen para
qué la Asamblea Constituyente si ya estamos en el gobierno.
Sin embargo, sigue siendo un proyecto central. La Asamblea (que
se reunirá en Sucre el 6 de agosto) será el gran escenario
del ritual de integración y de acoplamiento de la sociedad
en un momento de victoria cuando, por lo general, los momentos de
unificación de la sociedad boliviana han sido después
de grandes derrotas, como la guerra del Pacífico, la guerra
del Chaco, etc. Si se logra el gran armisticio nacional, la Constituyente
habrá cumplido con creces su misión. Pero también
la convención será el lugar de materialización
de las nuevas relaciones de fuerza en el país y, por lo tanto,
de constitucionalización de las principales medidas tomadas
por el gobierno.
Evo Morales propone una gran alianza de clases entre campesinos,
indígenas, obreros, clases medias, empresarios patriotas
y militares nacionalistas frente al imperialismo; usted,
en el acto de cierre de campaña en Cochabamba, dijo industrialización
o muerte y que la exportación de materias primas es
la base del colonialismo. ¿Hay un retorno al viejo nacionalismo
ahora con rostro indígena?
Toda revolución implica un tipo de alianzas, aun la
guerra de clases es exitosa si se logra aislar, desmoralizar, debilitar
al adversario y acoplar a potenciales aliados, ésa es la
idea de una hegemonía. No creo que la alianza de clases sea
patrimonio del viejo nacionalismo. La pregunta es quién construye
esa hegemonía y hoy en Bolivia hay una modificación
en el núcleo de articulación de la sociedad. Hay una
reivindicación de patria, de Estado, de soberanía,
pero los convocantes ya no son las clases medias letradas de la
Revolución Nacional de 1952, sino un conglomerado de movimientos
sociales de base indígena. Esto es lo que da como resultado
un nuevo tipo de nacionalismo indígena; a mí me gusta
más patriotismo indígena plurinacional, que piensa
la nación a partir de la diversidad de naciones que conviven
en su interior. Esta idea de patria tiene dos dimensiones: como
fortaleza estatal y como fortaleza de los movimientos sociales,
es una patria bicéfala, un neopatriotismo indígena.
¿Y el correlato económico es el capitalismo
andino que usted propuso o el viejo capitalismo nacional?
El correlato económico de todo esto es el desmantelamiento
progresivo de la dependencia económica colonial que nos condenaba
a ser un país exportador de materias primas. Por eso la nacionalización
de los hidrocarburos va atada a su industrialización en el
país. Bolivia seguirá siendo un país capitalista,
pero con mayor fuerza de negociación frente a los modos del
capitalismo mundial. Internamente, se trata de potenciar las estructuras
comunitarias, por eso hablamos de capitalismo andinoamazónico.
Predomina el capitalismo, pero reconociendo y reforzando otros modos
de producción a los que se trasvasará excedente, riqueza
y recursos técnicos. La revolución agraria en marcha
es muy clara: las tierras se distribuyen de manera colectiva. Lo
mismo ocurre con la distribución de tractores a municipios
para su uso gratuito por la comunidad de productores, o la legislación
sobre el agua, que favorece su apropiación comunitaria local
frente a las formas de concesión privada. Hay una especie
de neocomunitarismo económico que se va a ir potenciando,
paralelamente a la economía estatal y a una relación
negociada con la inversión extranjera y local.
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