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El único recurso con que cuentan los pueblos para financiar
con independencia su desarrollo son sus riquezas naturales. Entre
ellas, la más requerida por ser no renovable, están
los hidrocarburos. Todos los países los han defendido y si
no los tienen, deben salir a buscarlos. Desde su descubrimiento
en nuestro país en 1907, cuando el presidente conservador
Figueroa Alcorta protegió los territorios con petróleo,
se fue construyendo una inteligente política de Estado que
durante más de 80 años fue desarrollada por gobiernos
de distinto signo. Esa política definía los combustibles
como un servicio público y un bien social. YPF y Gas del
Estado eran empresas sociales construidas con la inversión
y el ahorro nacional; y allí donde se instalaban hacían
caminos, hospitales y escuelas, mientras los gasoductos se trazaban
para llevar combustible barato a productores y usuarios.
Esos beneficios se perdieron en 1989 con la salvaje privatización
de Carlos Menem y a pesar de ser repudiada en estos años
por millones de votos, ha sido mantenida hasta hoy por los sucesivos
gobiernos. De bien social, los combustibles pasaron a ser un negocio
y un comodity, haciéndolo pagar como si fueran importados
cuando son producidos en el país a bajos costos: el colmo
del abuso es el escandaloso precio de la garrafa de gas. Además,
la privatización demostró su fracaso: después
de quince años fue incapaz de mantener el autoabastecimiento
logrado y será necesario volver a importar; las reservas
bajaron de 25 años a 7 y las petroleras no cumplieron con
su obligación de perforar nuevos pozos a fin de reponer los
caudales extraídos; no se construyó ni un metro de
gasoducto para abastecer a la mitad de la población que carece
de gas natural; el tesoro nacional perdió una renta aproximada
de más de 10.000 millones de dólares anuales que le
permitían financiar la industria y las políticas sociales.
¿Pueden nacionalizarse el petróleo y el gas? La experiencia
boliviana demuestra que es posible sin el caos económico
anunciado ni el retiro de las petroleras. Hoy las encuestas señalan
que el 75% del pueblo argentino aprueba la estatización mientras
el gobierno nacional profundiza la política del menemismo
al intentar transferir a las provincias las concesiones que mantenía
la Nación. En la Reforma Constitucional de 1994, la provincialización
del petróleo y gas fue canjeada por la reelección
de Menem, dejando el recurso en manos de las diez provincias que
tienen petróleo. Pero ellas suman apenas el 15% de los habitantes
del país, mientras el 85% restante vive en las 14 provincias
sin petróleo entre otras Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba,
Tucumán y financiaron su exploración, extracción
e industrialización durante 80 años. Con un barril
internacional a 75 dólares, un costo de producción
nacional inferior a 5 dólares, y recibiendo las más
bajas regalías del continente el 10%, no hay
mayor negocio para las provincias petroleras que asociarse a la
Nación para recuperar el 100% de los hidrocarburos para repartirlos
equitativamente: no solo para beneficio de ellas, sino del conjunto
del país.
Por estas razones, ciudadanos y organizaciones de distintas ideas
y sectores, de la ciudad y el campo, del trabajo, el comercio, la
producción y la cultura, hoy se suman a la gran patriada
de superar el millón de firmas por la argentinización
del petróleo y el gas y la modificación del artículo
124 de la Constitución que otorga su dominio a las provincias.
Parafraseando al doctor Alejandro Olmos: o se está por el
país y la nacionalización de los hidrocarburos o se
está con las petroleras contra los intereses del pueblo argentino
*Presidente del M.O.R.E.N.O. Movimiento por la Recuperación
de la Energía Nacional Orientadora.
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