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Evidentemente, la política de Derechos Humanos del actual
gobierno ha generado una ruptura con respecto a sus antecesores.
Podemos decir que Kirchner se apropió de un significante
tan complejo que lo era la "Impunidad", logrando construir
un consenso respecto al histórico pedido de Justicia contra
quienes perpetraron crímenes de lesa humanidad durante la
última dictadura militar en Argentina.
Alfonsín había borrado de un plumazo lo que había
logrado con el histórico Juicio a las Juntas de la primavera
democrática Bastó que se levantaran los fantasmas
golpistas, y que unas caras pintadas amenazaran acuarteladas el
orden institucional para que se sellara en silencio un pacto nefasto
que culminó en la Ley de Obediencia Debida (el Punto Final
ya había sido sancionado unos meses atrás). Los indultos
de Carlos Menem terminaron de allanar el camino para que genocidas
y represores caminaran libremente por las calles de nuestro país,
cara a cara con el pueblo, al que habían jurado defender,
y contra el que habían levantado los fusiles y a punta de
lanza, forjado una enorme lista de desaparecidos.
Con la llegada de Nestor Kirchner al poder, en 2003, el reclamo
de "juicio y castigo", largamente sostenido por los Organismos
de Derechos Humanos, "milagrosamente" encontró
eco en un gobierno, después de tantos largos años.
Esa "línea de fuga" -no fuga como escape sino como
cuestionamiento de un discurso totalitario-, ese estandarte enarbolado
durante casi dos décadas contra una impunidad sostenida y
garantizada por los "representantes" del pueblo, se tornaba
ahora una bandera del nuevo gobierno.
Es innegable el papel fundamental que esta apropiación cumplió
en la construcción de consenso y legitimidad del gobierno
K, luego de la crisis de representatividad que vivió el país,
y que culminó en las jornadas de diciembre de 2001. Todavía
resonaban (ya tibios y lejanos, pero resonaban al fin) los ecos
de las cacerolas, del "que se vayan todos", se olía
todavía el olor a goma quemada, y estaba abierta la herida
de la masacre en el Puente Pueyrredón, aquella que había
forzado la salida de Duhalde del poder.
Kirchner debía legitimar aquello que no había conseguido
en las urnas. Un magro 21 % de los votos, y la renuncia cobarde
a confrontarlo en una segunda vuelta de quién era en gran
parte responsable del estado calamitoso del país, lo habían
lanzado a la presidencia de un país que aun se tambaleaba.
La reivindicación de la búsqueda de Justicia contra
los militares, se transformó en un excelente punto de partida
para la reconstrucción de la hegemonía puesta en jaque
dos años atrás.
Sería errado, y hasta quizás injusto, negar el mérito
de algunas acciones del gobierno del santacruceño. La cesión
de la ESMA para ser convertida en Museo, el descuelgue de los cuadros
en el Colegio Militar y el Edificio de la Armada, el impulso de
la nulidad de las leyes del Perdón, y recientemente de los
Indultos, son cosas que están bien. Y que deberían
haberse hecho hace tiempo.
Pero lo interesante es pensar cómo el Estado se apropió
de un discurso que históricamente cuestionaba al Estado,
tanto en su rol de represor, como de garante de la impunidad. Y
cómo esta retórica pro-memoria, anula el cuestionamiento
profundo de las implicancias que la política represiva de
la dictadura tuvo en la fragmentación de la sociedad, y en
la implantación de un sistema económico que a la larga
siguió matando, en forma más sutil, y tan perversa
como antes. También vale repensar el modo en que los medios
masivos, -aquellos que activamente, en silencio o por omisión
acompañaron y legitimaron la muerte-, se apropiaron de este
discurso, clausurando cualquier posibilidad de autocrítica
sobre su actuación en el pasado, y disociando el terrorismo
de Estado de sus consecuencias económicas, sociales y culturales.
Kirchner, a través de su política de DD.HH. logró
el apoyo de importantes sectores de la Sociedad, y el beneplácito
de muchos Organismos de Derechos Humanos que históricamente
habían mantenido una postura crítica hacia los gobiernos
anteriores. Y sin desmerecer la heroica, admirable y dignísima
lucha de muchas de estas organizaciones, es lícito decir
que estar "tan cerca", a veces puede anular la capacidad
crítica.
Por otro lado, la encendida diatriba del presidente y sus ministros
hacia ciertos sectores de la sociedad -vale decir, muchos de ellos
tan culpables como los militares de lo ocurrido entre 1976 y 1983-
no cuestiona el verdadero orden de las cosas. Las reglas de juego
no cambiaron, simplemente las cartas se han pasado de manos. Las
críticas hacia los organismos multilaterales de crédito
no evitan que se siga pagando una deuda que se sabe ilegítima,
contraída por aquellos que hoy comienzan a ser juzgados nuevamente.
Por otro lado, la brecha entre quienes más tienen y quienes
menos tienen sigue agrandándose. Las ganancias siguen yendo
hacia los de arriba. Las urgencias cotidianas, esas que se viven
en calles, en escuelas, en hospitales, en villas, siguen siendo
urgentes, no pueden esperar al derrame que nunca llega.
Como señalamos más arriba, está muy bien que
se hayan anulado las nefastas leyes de la impunidad. Y está
muy bien que los genocidas vayan a la cárcel por las atrocidades
que cometieron. Pero no puede obviarse la complicidad civil, esa
que le dio luz verde a la desaparición y a la tortura. No
podemos olvidar a los capellanes que confesaban a los torturadores,
o que bendecían los "vuelos de la muerte". Ni a
los "comunicadores" que desde los medios más importantes,
entonaban loas al gobierno dictatorial, y no sólo apoyaban
sus procederes, sino que tildaban de "antiargentino" a
todo aquel que osase siquiera a deslizar que aquí se violaban
los Derechos Humanos. Ni que hablar del Capital cómplice,
ese que entregó a sus trabajadores a las Fuerzas de Seguridad,
y que fue el sostén e impulsor principal de un proyecto de
país para unos pocos -Ellos, quienes más sino-; proyecto
que hace años no puede ocultar sus perversas consecuencias.
La revisión del pasado también requiere de bucear
un poco más profundo, para desnaturalizar lo que no debería
ser.
Sabemos que la Hegemonía es un proceso constante, una resignificación
y regeneración del consenso. El Poder, necesariamente debe
"dialogar" constantemente con aquellos discursos que ponen
en riesgo la perpetuación de un estado de las cosas. La dominación
debe ser negociada y renegociada. Y a pesar de aceptar ciertas pautas,
es ese Poder el que se reserva el derecho de seguir estableciendo
cuáles son los límites. El límite, en este
caso es el cuestionamiento de un sistema económico que -instaurado
a sangre y fuego hace 30 años-, fue legitimado por los distintos
gobiernos democráticos y se continúa hoy, en políticas
de exclusión que van acompañadas de una retórica
que no es más que eso: retórica
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