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Hace más de un año, cuando lanzábamos el primer
número de esta nueva etapa de Palabra Argentina, decíamos
que estábamos "inmersos en una situación de violencia,
apenas disimulada por las apariencias de una democracia formal".
Violencia -explicábamos-, porque eso es el hambreamiento
del pueblo y la explotación canallesca del trabajo. Violencia
-además, decíamos-, porque es el privilegio el que
impone constantemente sus tribunales y sus leyes: las leyes del
"mercado", de ese ente abstracto, guarida del privilegio.
Hoy, a más de un año de aquella declaración,
seguimos pensando y escribiendo lo mismo. Las leyes del "mercado",
el modelo económico que a través de este se impone,
nos han llevado a una situación de carencia energética,
que pone en jaque no sólo al crecimiento económico
(eufemismo hoy de la superexplotación del trabajo) sino también
al derecho de los pueblos de disponer de los bienes comunes, como
los son los recursos hidrocarburíferos, bienes que no son
renovables.
El sorprendente ciclo actual de crecimiento económico ha
puesto en evidencia que el modelo energético neoliberal implantado
en la década pasada no tenía como objetivo solucionar
las supuestas carencias de la administración estatal, sino
que venía a profundizar el desguace del estado inaugurado
durante la última dictadura militar. En esa escena, YPF se
mostraba como el botín más preciado.
La gestión privada de los recursos estratégicos de
la nación ha hecho de ellos una mera mercancía, sólo
disfrutable para quien esté en condiciones de pagarla, y
así, por ejemplo, 13 millones de argentinos se han visto
privados sistema de gas por red.
Pero el vigente modelo no sólo se caracteriza por la apropiación
privada, por parte de un ínfimo sector, de los beneficios
de la explotación de estos recursos; sino que también
se ha caracterizado por la violación de toda la normativa
jurídica dispuesta. Hoy, ya se han presentado recursos de
amparo y denuncias penales suficientes para investigar y sancionar
a los responsables, y para revertir radicalmente este modelo.
En nuestro continente ya han surgido gobiernos, empujados por la
movilización popular, que tomaron medidas que deben servirnos
como ejemplo de valentía y voluntad política; entre
ellos, los gobiernos de Venezuela y de Bolivia. Aunque sabemos que,
como ha asegurado el ex ministro de Hidrocarburos boliviano, Andrés
Solís Rada, en Bolivia "el escenario creado por el Decreto
de Nacionalización es un campo de batalla en el que se enfrentan
quienes desean aplicarlo en su integridad y quienes pretenden frenarlo,
desvirtuarlo y paralizarlo". Y allí, el gobierno no
debe claudicar y los movimientos sociales no deben dejarle dar el
paso atrás.
En el primer número del periódico, también
afirmábamos que luchamos no para enfrentar al gobierno, sino
para acompañarlo en la defensa de los derechos humanos y
en todo aquello que signifique beneficios reales para la clase trabajadora
y la dignidad de nuestra nación. Aunque también marcábamos
que íbamos a combatir sus errores, señalar sus claudicaciones
y enfrentar su discrecionalidad en el manejo del poder. Hoy afirmamos
que el gobierno ha claudicado en la reestructuración de la
deuda pública y en el pago al FMI, que se equivoca al permitir
la creciente extranjerización de la industria y al profundizar
medidas de corte neoliberal, tales como las referidas al área
energética que se explican en este número.
Finalmente, decíamos hace más de un año que
luchábamos para enfrentar los privilegios y trabajar para
que se rompan de una vez y para siempre las estructuras de una economía
al servicio del Capital y de la trampa. Y en eso estamos, buscando
las formas de conjugar crítica y propuesta en pos de recuperar
la soberanía perdida, de construir un proyecto de país
en beneficio de los sectores postergados, en el marco de una necesaria
integración regional.
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